JAPÓN, EN EL CORAZÓN

Número: 1223
Del 3 al 9 de abril

Serenos, aunque con el alma en vilo por la amenaza de un desastre nuclear, los japoneses tratan de sobreponerse a su peor tragedia desde la Segunda Guerra Mundial: el quinto mayor terremoto de la historia. María Kodama, viuda de Borges e hija de un arquitecto nipón, escribe en exclusiva para ‘XLSemanal’ sobre las peores horas de un pueblo cuya dignidad ha admirado al mundo.

No escribiré sobre el apocalipsis que sufre el Japón. No puedo, esto me toca profundamente, la mitad de mi sangre y de mi alma pertenecen a ese país, el de mi padre, que me formó de esta manera, el de mis amigos.

Hay una palabra para definir al pueblo japonés-«uno de los pocos países civilizados que queda en el mundo», como dijo Borges después de su estadía allí-, esa palabra es ‘dignidad’. Pero ¿basta una palabra, que encierra una miríada de otras que, como el tallado de un brillante, le dan forma? Esa palabra que contiene una alquímica fórmula de respeto por uno mismo, que es la sola forma de respetar al otro -basta recordar el mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo»-; unido a educación, disciplina sobre uno mismo, deponer el ego y ser solidario, no por compasión o conveniencia, sino por la real hermandad del alma, lograda a través de esa milenaria cultura que supieron conservar, acrecentar y transmitir, en silencio, con trabajo, con el amor por la belleza, con el reconocimiento y la aceptación de la sacralidad de todas las cosas creadas.

¿Bastan las palabras para expresar la admiración, el asombro ante esa reacción colectiva frente al desastre? No, creo que no bastan si nos asomamos, siquiera ínfimamente, a lo que puede producir en nosotros un fenómeno de la naturaleza, no un desastre.

Cierro los ojos a veces y vuelve a mi memoria un eclipse de Luna que presencié junto al mar. De pronto se hizo un silencio que era casi una presencia física, no se oía el rumor de las olas, ni los gritos de las gaviotas ni conversación alguna. Un instante después se hizo de noche y vi la Luna, inmensa, en el cielo y esto es lo que me produjo una sensación de horror sagrado: el mar como si fuera un aceite negro ascendiendo recto, sólido, hacia el brillo de la luz de la Luna. Fue un instante, al caer, al romperse en olas, ese tiempo, fuera del tiempo, inexplicable, se quebró y, lentamente, volvió la luz del Sol y todo recobró la normalidad, pero en lo profundo de mi alma capté para siempre esa realidad banalizada por las palabras «no somos nada».

Solo la belleza a través de la creación, del trabajo, por indigno que parezca, va creando lo que hace los eslabones de la eternidad, forjada a través del anhelo de una imposible perfección, pero que es la meta.

Recuerdo la emoción de Borges cuando, al preguntar a los japoneses sobre la guerra, la respuesta de todos, sin excepción, era: «Nos hizo bien la guerra, nos hizo mucho bien». Ni una palabra de queja o de resentimiento.

Borges me dijo: «¿Se da cuenta? Este país tiene una nobleza de alma, una fuerza y una amplitud de espíritu que los pone a salvo de cualquier destrucción». Uno a las palabras de Borges las mías.

Toda persona o país que queda preso del pasado con resentimiento está condenado a perder lo más importante y precioso para toda vida, para todo país: el futuro. El mito y la Biblia ya lo sabían. Orfeo pierde a Eurídice, y Lot, a su mujer, convertida en estatua de sal por mirar atrás.

Por todo esto sé que Japón, como tantas veces lo logró, renacerá como el Ave Fénix de las cenizas con renovada energía, es lo que deseo con todas mis fuerzas, es lo que Borges, quizá convertido en luz o energía en algún punto del universo, también desea, es lo que cada noche pido a mis antepasados, que no conocí, en la persona de mi padre, a quien debo mi formación, mi indomable libertad hecha de respeto por la de los otros, y esa maravillosa frase que Borges me dijo un día: «Su padre la educó para mí».

Gracias al Japón, en la persona de mi padre, a los ocho millones de dioses o a uno entre tantos que me otorgaron «el mar que mueve el Sol y las estrellas». Según Dante, ese amor, esa fuerza primera hará que el Japón emerja como ese primer Sol del nuevo siglo que vi nacer desde la oscuridad más profunda en el desierto, en Marrakech, desde el Este. Que la paz, el amor y la fuerza los acompañen.

FUENTE: www.xlsemanal.com