CHINA: DETRÁS DE LA MURALLA
Número: 1219
Del 6 al 12 de marzo

Chapuzones en aguas heladas, interminables partidas de «mahjong» (un dominó con 132 fichas), ejercicios matutinos de taichí, bailes de salón en el parque... ¿Sabía usted que los chinos no son tan laboriosos, ahorradores y serios como se piensa? Bajo los rascacielos y las fábricas subyace un pueblo afable y dicharachero hasta extremos mediterráneos que conserva sus tradiciones en los «hutong» (callejones) del viejo Pekín.

Si no fuera porque el termómetro marca diez grados bajo cero y la gente va abrigada hasta la coronilla, parecería verano. Ajeno al frío, el señor Wang se desviste y se queda en paños menores, tapándose sus encogidas vergüenzas con un ajustado bañador del que sobresale su oronda tripa. Va tocado con un gorrito con la bandera norteamericana, por aquello de que por la cabeza se pierde el calor corporal. Ante la mirada atónita de unos jóvenes embutidos en forros polares, y sin probar siquiera la temperatura con el dedo gordo del pie, se zambulle en las gélidas aguas de Houhai. Enclavado al norte de la Ciudad Prohibida, este céntrico lago de Pekín está congelado desde diciembre hasta marzo. Cada día, miles de personas acuden a patinar sobre una capa de hielo de 60 centímetros, pero los jubilados rompen las partes menos sólidas para darse sus ya tradicionales baños de invierno.

«Estos chapuzones son muy sanos porque así no se cogen resfriados y mejoran la circulación», resume así Zhu Dexin, de 77 años, las ventajas del remojo invernal, una de las costumbres que rompen con la imagen que se tiene de los chinos en Occidente.

Laboriosos hasta la extenuación. Serios hasta el aburrimiento. Lacónicos. Impenetrables. Oprimidos por un régimen autoritario. Los tópicos se quedan cortos para definir la nueva China del desarrollismo y la modernidad, la potencia llamada a conquistar el siglo XXI. Bajo los rascacielos y las fábricas que han traído el progreso subyace un pueblo afable, dicharachero hasta extremos mediterráneos y amante de las tradiciones y el buen yantar. Detrás de la Muralla, en los hutong (callejones) del viejo Pekín que rodean el lago de Houhai, viven los latinos de Asia.

Merecida o no, los pekineses tienen fama de vagos en su propio país. Siglos y siglos al amparo del poder imperial les han conferido un carácter relajado, campechano y alegre que sacan a relucir a la mínima ocasión. Sobre todo cuando se entregan a la pasión del mahjong, un dominó con 132 fichas cuyas partidas pueden durar días.

Salvo en los casinos de Macao, el juego está prohibido en todo el país, pero los chinos se pirran por las apuestas y aprovechan cualquier rincón para echarse una manita a las cartas o desplegar el tablero de xiang qi (damas). Elevada a la categoría de fiebre nacional, esta ludopatía compulsiva aflora en el salón de mahjong del hutong Laku, iluminado por los tubos fluorescentes que parpadean en el techo. Como en los bingos, las ventanas han sido tapadas para que la clientela pierda la noción del tiempo y la luz del día no les distraiga recordándoles sus obligaciones rutinarias. Bajo las nubes de humo que ascienden desde los ceniceros, donde se amontonan pilas de cigarrillos, los jugadores fuman sin parar. A sorbitos cortos, beben té en vasos de plástico extasiados con los caracteres de las fichas, que las mesas electrónicas remueven y reparten automáticamente sobre el tapete verde. En las amarillentas paredes, un cartel de la Policía recuerda que las apuestas no deben superar los 100 yuanes (11 euros), pero Tian Xiusen, que ha vivido 40 de sus 46 años en este hutong, llegó a perder en una partida todo el dinero de su familia: 30.000 yuanes (3367 euros).

Nacido antes de la Revolución Cultural (1966-1976), Tian explica que «el nivel de vida ha mejorado mucho en los hutong, pero aquí no se siente la presión de la gran ciudad». Con su mentalidad confuciana, Tian es un buscavidas que se hizo vendedor ambulante de refrescos cuando se arruinó, pero no necesita trabajar porque lo mantiene su mujer, quien dirige una empresa de extintores. «La vida se basa en no desear más allá de nuestras posibilidades», aconseja. Su voz suena tan pausada como la vida en el hutong Laku, próximo al parque Jingshan. Durante la dinastía Qing (1644-1911), aquí se guardaban las velas de la vecina Ciudad Prohibida, donde vivía el emperador.

Como detenidas en el tiempo, las costumbres chinas se perpetúan en las destartaladas casas bajas de ladrillo gris (siheyuan) que pueblan el laberinto de estrechas callejuelas alrededor de la céntrica plaza de Tiananmen. Antes de la revolución, estas mansiones con jardín pertenecían a las familias ricas que vivían cerca de la corte, pero Mao Zedong las repartió entre los pobres cuando triunfó el comunismo, en 1949, para que todo el mundo tuviera un techo. Aprovechando el espacio al máximo, las estancias se dividieron tres o cuatro veces y, con materiales de mala calidad traídos de aquí, allá y acullá, se construyeron habitaciones hasta en los corredores y patios. Olvidando el tradicional feng shui que había inspirado el diseño de los siheyuan, se convirtieron en un caótico mecano. Desde entonces, en cada casa conviven hacinadas decenas de familias que ocupan cuchitriles de apenas cinco metros cuadrados.

Tras las ventanas empañadas por el vaho, en el interior de tan diminutos cuartuchos se amontonan camastros con las sábanas revueltas, armarios astillados, estufas de carbón y hornillos para cocinar, que contrastan con pantallas de plasma y ordenadores de baratas marcas chinas. En los polvorientos pasillos cuelgan verduras secas y se apilan botellas vacías y cajas viejas para vendérselas a los triciclos que recogen la basura por reciclar. Como las viviendas no tienen aseos, los vecinos salen en pijama a los baños públicos para hacer sus necesidades sobre un agujero en el suelo o guardan una escupidera bajo la cama para las frías noches de invierno.

Desde la Torre del Tambor, los «hutong» se revelan a vista de pájaro como un desvencijado dédalo de tejados remendados con placas de uralita que brillan al sol. Entre ejercicios matutinos de taichí y bailes de salón en los parques, malolientes retretes públicos, humeantes tazas de té y pinchitos asados en plena calle, la China tradicional resiste al empuje de la modernidad y la globalización que trae el imparable crecimiento económico. Desterrados ya los trajes estilo Mao y las riadas de bicicletas de la época comunista, Pekín se ha convertido en una vibrante jungla de asfalto con galerías comerciales de lujo, futuristas rascacielos de colores y circunvalaciones de varios niveles. Pero aún se oyen los cantos de los grillos en los parques y los jubilados sacan a pasear a sus canarios enjaulados en medio de las bocinas que resuenan, atronadoras, en el atasco permanente.

Insectos, pájaros, perros y peces se venden en el mercado de Shilihe Tian Qiao, al sureste de Pekín, en la tercera ronda de circunvalación. Muy cerca de allí, en las tiendas de antigüedades de Panjiayuan, Sun Xioalei comercializa reliquias de Mao como bustos y carteles propagandísticos de la época comunista. Desprovisto de cualquier componente político y reducido a mera antigualla para coleccionistas, el Gran Timonel sobrevive como icono del merchandising rojo en la nueva China del consumismo a espuertas. Demoledora metáfora de un país que en solo tres décadas ha pasado del socialismo atroz al capitalismo salvaje, una transformación tan radical que todavía sigue desconcertando a los habitantes más mayores de los hutong.

Debido a su encanto y su céntrica ubicación, muchos de estos callejones, como Nanluoguxiang o Dongbanqiao, cerca del Templo de los Lamas, han sido rehabilitados y se han poblado de tiendas de moda para los jóvenes, restaurantes y cafeterías de diseño. Junto a ellos conviven jubilados como Wang Durong, quien nació en la misma casa donde su familia ha morado más de un siglo y abomina de los bloques de apartamentos porque «los vecinos se cruzan sin saludarse».

Bajo los rascacielos de la avenida Jianguomen resiste una calle de tierra con un puñado de «casas clavo», chabolas que sus habitantes se niegan a abandonar al no aceptar la indemnización por la expropiación. Los últimos comercios de frutas y verduras muestran el género entre las ruinas y el polvo que levantan los motocarros.

Aquí vivían antes 280 familias, pero ya únicamente quedan 40. Cuando lleguen las excavadoras, casi siempre precedidas por la Policía o los matones de las constructoras, los últimos vecinos, como Chen Xiaozhong, de 62 años, tendrán que largarse. «Con los precios disparados por la burbuja inmobiliaria, la indemnización solo me da para comprarme una ratonera en las colmenas del extrarradio», se queja, amargado. En 1949, cuando Mao Zedong fundó la China comunista, se calcula que había en Pekín más de 7000 hutong, de los cuales ya apenas quedan unos 400 tras los estragos de la Revolución Cultural y, más recientemente, la remodelación urbanística previa a los Juegos Olímpicos de 2008. En ellos, la vieja China lucha por sobrevivir, aunque sea hacinada en inmundos cuchitriles coronados por polvorientos palomares y atestados de calabacines secos y herrumbrosas bicicletas.

FUENTE: www.xlsemanal.com