EL RESCATE DE ALEJANDRÍA

La residencia de Marco Antonio y Cleopatra. El Faro. El legendario Portus Magnus... Franck Goddio, el indiana jones de la arqueología, se ha propuesto rescatar de las profundidades del mar dieciséis siglos de historia. Joyas que abarcan desde el antiguo Egipto hasta la dominación romana. Una aventura en la que se aúnan el romanticismo y la más sofisticada tecnología.



Frente a la Corniche de Alejandría, a escaso medio kilómetro del guirigay de bocinas, transeúntes y cualquier otro medio de locomoción posible o imposible –y siempre en perpetuo estado de atasco– que conforma el pulso de la ciudad, aparece un discreto carguero. Está atracado bajo la relajada mirada de una pequeña embarcación del Ejército egipcio. Es el Princess Dudda, el barco a bordo del cual el director del Instituto Europeo de Arqueología Submarina (Ieasm), Franck Goddio, y su equipo han logrado localizar las ciudades de Canopo y Heraclión así como los restos del legendario Portus Magnus. Son los vestigios de casi dieciséis siglos de historia que, como piezas de un puzle incompleto, se habían perdido bajo las aguas del Mediterráneo tras los desastres naturales que las hundieron hacia mediados del siglo VII d. C. Ahora, y hasta septiembre, pueden verse en el antiguo Matadero de Legazpi de Madrid. La exposición Tesoros sumergidos de Egipto ha reunido 500 de estas piezas.


Resulta un tipo curioso, Goddio. Uno espera encontrarse ante una especie de pirata cuarteado por la ruda existencia de un cazador de tesoros –nutrida agenda de contactos y de tabernas portuarias no siempre recomendables, alguna que otra cicatriz... No en vano estamos en la ciudad de todos los placeres, pero también de todos los peligros– y, sin embargo, el brazo que se extiende para ayudar a abordar su barco pertenece a un entrañable sesentón, muy en forma, tan afable como exquisitamente educado, de maneras elegantes –camisa planchada con raya y andares saltarines, diríase que es un Tintín entrado en años pero igual de juvenil– que se mueve dando pequeños brincos sobre una cubierta que, literalmente, abrasa los pies descalzos. Cae un sol de justicia y la actividad es frenética. Un equipo de 35 personas, entre arqueólogos, restauradores y especialistas varios, hormiguea en torno a una gigantesca columna y la colosal tapa de un sarcófago que, una junto a otro, descansan a lo largo de proa dibujando el epicentro de todo el trabajo: numerosos trajes de buzo cuelgan a ambos lados, de las barandas, solapándose con bombonas de oxígeno y artilugios de naturaleza dispar cuya función se revela insospechada para el neófito. Allá, un restaurador experto en metales talla los ‘primeros auxilios’ a un hallazgo antes de llevarlo al laboratorio de tierra donde se le harán las pertinentes pruebas electroquímicas; a cubierto, uno de los fotógrafos de la expedición registra y cataloga cada botín rescatado. Repartidas en un sinfín de cubetas de agua salada de diferentes tamaños y colores que pueblan cada rincón del barco, reposan hasta más de 200 piezas entre ánforas, joyas, esfinges, monedas y objetos de valor incalculable que la experta en cerámica muestra orgullosa; otras 500 han decidido dejarse bajo el agua debidamente localizadas. Y es que, tal como señala Goddio mientras un buzo aparece y otro desaparece como por arte de magia en una estampa de mar con horizonte de minaretes, «harían falta 100 años más para rescatar todo lo que puede encontrarse ahí abajo». A saber.


Si la fundación de la metrópoli por Alejandro Magno en el 331 a. C. supuso la verdadera expansión de Grecia en el Delta del Nilo, mucho antes del siglo VIII a. C. los helenos ya habían establecido comunidades en su flanco oeste, véase Canopo y/o Heraclión. Así que no resulta raro que todo lo que por allí aconteció antes, durante y después de la creación de Alejandría sustente el mayor y más fascinante hallazgo arqueológico que, para darle más emoción al asunto, ha permanecido durante siglos escondido en el fondo del mar al abrigo de los sedimentos provenientes del Nilo. Pero hagamos un poco de historia.


Tras la muerte de Alejandro, un capitán macedonio llamado Ptolomeo fue designado gobernador y acabó siendo rey de Egipto bajo el nombre de Ptolomeo Sóter I. Con él se inauguró la dinastía ptolemaica, que duraría hasta el año 30 a. C., cuando Roma conquistó Egipto de la mano de Octavio y por la gracia de Cleopatra, quien de alguna manera ya había allanado el camino previamente aliándose con Julio César, primero, y con Marco Antonio, después. La dominación, que duraría hasta 284 d. C. con la llegada de la época bizantina, no logró aniquilar el espíritu de intercambio y mezcolanza cultural que había hecho única a Alejandría durante la época helenística y ptolemaica. En cualquier caso, para cuando llegaron los árabes, en el siglo VII, el nivel del mar, por su propia naturaleza, ya se había elevado lo suficiente y la tierra de arcilla sobre la que habían sido construidos monumentos faraónicos terminó por ayudar a hundir un gran pedazo de la historia; con la estocada final de una importante actividad sísmica, maremoto incluido. «Ahí debía de estar Timonium [la residencia donde Marco Antonio se suicidó y donde mucho antes debió de intercambiar ideas con Cleopatra y no siempre políticas] y más allá, un palacio real y...», señala un exultante Goddio que gira en todas direcciones desplegando brazo, antebrazo y dedo índice, apasionado, nervioso, casi como un niño que comparte su afición. Y de la emoción, se le acumulan las palabras en la boca tratando de responder a mil y una preguntas.

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FUENTE: XLSemanal