¿Empresarios y trabajadores? O ¿patronos y obreros?
Según datos del Instituto Nacional de Estadística en España hay registradas 3.355.830 empresas. De todas ellas, solo 28.122 (un 0,83%) tienen más de 50 empleados y, de estas, únicamente 1.797 (un 0,05%) tienen más de 500 asalariados. Estos son los datos. Claros y concisos: el 99,95% de las empresas españolas son pymes. Es más, el 99,17% no llegan ni siquiera a medianas, son pequeñas empresas, microempresas o empresarios autónomos sin asalariados.

¿Por qué, entonces, cuando desde los medios de comunicación, desde las administraciones públicas y los partidos políticos se habla de empresas y empresarios, da la impresión de que sólo se habla de ese minúsculo porcentaje de grandes empresas cuya importancia relativa, en términos porcentuales, es insignificante?

¿Por qué todos esos millones de pequeños empresarios han de ser representados por unas patronales dominadas exclusivamente por dirigentes de grandes empresas, que únicamente velan por los intereses de las mismas y que se perpetúan en sus cargos durante décadas?

¿Por qué la inmensa mayoría de trabajadores de este país, que prestan sus servicios a pequeñas empresas (por no hablar de los que no tienen trabajo), han de verse representados por sindicatos que sólo tienen cierta notoriedad en las grandes empresas y en la función pública, donde la relación empresario-trabajador no tiene nada que ver con la que se produce en las empresas de reducida dimensión?

Las pequeñas empresas, las que crean la mayor parte de puestos de trabajo en este país, las que casi nunca reciben ayudas, las que son ninguneadas por los poderes públicos y tantas veces machacadas por las entidades financieras, esas no cuentan. Esas no aparecen en las páginas económicas de los periódicos. Son entidades invisibles dirigidas por personajes anónimos cuyos destinos vienen determinados por gobiernos autistas y por representantes que no les representan, ni a ellos ni a sus trabajadores.

Yo no he votado al señor Díaz Ferrán ni a ningún otro insigne patricio para que me represente. Como yo, la mayor parte de empresarios que viven al margen de las entidades patronales y de su funcionamiento endogámico. Y mis empleados no han votado al señor Méndez o al señor Toxo. Como la inmensa mayoría de trabajadores de las pymes. ¿De dónde proviene entonces su legitimidad? De un sistema de representación indirecta de carácter gremial, escasamente participativo, altamente subvencionado y que recuerda más a la ‘democracia orgánica’ del sindicalismo vertical franquista que a un verdadero sistema de representación democrática.

Patronos y obreros, prisioneros todavía de esa caducada dinámica de la lucha de clases que todavía subsiste en la gran empresa, han sido incapaces de ponerse de acuerdo.

Quizá haya que empezar a distinguir entre empresarios y patronos. Y entre trabajadores y obreros. Porque han sido los representantes de los patronos (que no de los empresarios) y de los obreros (que no de los trabajadores), los que, prisioneros todavía de esa caducada dinámica de la lucha de clases que todavía subsiste en la gran empresa, han sido incapaces de ponerse de acuerdo ni siquiera en los principios básicos de la reforma laboral después de meses y meses de negociaciones. Para que al final tengan que ser los políticos, que en su inmensa mayoría no han trabajado jamás en la empresa privada (o en algunos casos, propiamente, no han trabajado jamás) los que tengan que abordar esta reforma que, en el mejor de los casos se va a quedar a medias, o se va quedar en nada.

Exijamos responsabilidades a los políticos. Pero también a los representantes de patronos y obreros que no han tenido ni la capacidad ni la voluntad de pactar la necesaria reforma de nuestro sistema de relaciones laborales. Porque luego las consecuencias las sufrimos nosotros, los empresarios y los trabajadores. Justo los que sí somos capaces de entendernos en la gran mayoría de empresas, en la gran mayoría de casos.

FUENTE: www.interempresas.net