LOS 8.000 FANTASMAS DEL EMPERADOR


Las esculturas de la fosa 1 –que contienemás de 6.000 del total de 8.000 que, se cree, acoge el yacimiento– muestran cuerpos inmóviles en formación militar









En 1974, un grupo de campesinos se topó con unas figuras de barro en el extremo oriental de la Ruta de la Seda. Era la tumba del primer emperador chino, custodiado por miles de guerreros de terracota, en Xi´an. Convertido en uno de los yacimientos arqueológicos más deslumbrantes del mundo, los arqueólogos pugnan desde entonces por sacar a la luz todos sus secretos. El premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales reconoce ahora esa ardua labor.


Qin Shi Huang no quería morir. Dedicó tantos esfuerzos a buscar el elixir de la inmortalidad como a erigir un imperio a partir de la conquista de los estados vecinos del reino de Qin. Creó el germen de lo que hoy es China dotando al vasto territorio que llegó a dominar de una moneda y un sistema de medidas común, construyó carreteras y canales y unificó la escritura china, que impuso en su territorio. El primer emperador, sin embargo, sucumbió a sus propios fantasmas.


El gobernante del mayor imperio conocido hasta entonces, obsesionado con su seguridad –fueron varios los intentos de asesinato que sufrió–, vivía en constante movimiento. Sus enemigos nunca sabían en cuál de sus más de 200 palacios se encontraba ni en cuál de las carrozas de su séquito viajaba. Más allá de su estrecho círculo, pocas personas veían su rostro. Visitó tres veces la isla de Zhifu, donde se suponía que se encontraba el elixir de la inmortalidad. No dio con él y envío a un ejército de jóvenes en busca del líquido que le garantizara la vida eterna. Mientras llegaba, aconsejado por los médicos de la corte, consumió crecientes cantidades de mercurio. Los alquimistas de la época atribuían a este metal propiedades que prolongaban la vida: si podía absorber el oro, sostenían, tendría que transmitir parte de sus propiedades al organismo. El mandatario falleció en el 210 a. C. intoxicado por el mercurio. Había cavado su propia tumba.


Qin Shi Huang ascendió al trono en el 247 a. C. Contaba 12 años, por lo que el poder recayó sobre un regente. A los 21 tomó las riendas de lo que habría de ser el primer imperio chino. Según el historiador Sima Qian, que vivió después de su muerte, Shi Huang conquistó a los estados vecinos a la velocidad «de un gusano de seda devorando una hoja de morera». Desde el primer día inició la construcción de su mausoleo. Una obra sin precedentes que, según documentos de la época, ocupó a más de 700.000 esclavos –miles murieron trabajando– en un área de 56 kilómetros cuadrados que debía alojar una réplica del mundo conocido. Sima Qian describió así su interior: «El techo era de bronce, salpicado de gemas que emulaban las estrellas del cielo, la Luna y los planetas; en el suelo había ríos de mercurio, diseñados a semejanza de aquellos que bañaban el imperio. Alrededor había fieles reproducciones de palacios y torres. Y en torno a esta gran cámara, un basto ejército formado por 8.000 soldados de terracota, meticulosamente elaborados con facciones individualizadas. Varias cámaras albergan estas reproducciones a escala natural de guerreros en perfecta formación. Hay soldados rasos, arqueros y ballesteros, caballos y carros de combate, oficiales, comandantes y generales. Todos, dispuestos alrededor de su tumba para garantizar la protección del emperador tras la muerte que tanto empeño puso en evitar». Son los célebres guerreros de Xi´an. Los mismos que un equipo de arqueólogos lleva años sacando a la luz con infinita paciencia.


Apenas han excavado una pequeña parte del yacimiento, pero su trabajo acaba de ser reconocido con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. «El jurado –dice el acta oficial– ha querido premiar a un equipo de arqueólogos y otros científicos que han desvelado este gran complejo funerario y, especialmente, un trabajo que da a conocer al mundo la importancia cultural de China y su civilización milenaria, su organización social y su esplendor artístico.»


El galardón reconoce la labor del equipo comandado por la investigadora Xu Weihong y su esfuerzo por acercar estos descubrimientos al mundo sin que la supervivencia de los restos se vea comprometida. Un reto al que se enfrentan desde que, en marzo de 1974, unos campesinos los encontraran por casualidad, mientras excavaban un pozo para calmar la sed de sus campos en un invierno escaso en lluvias.


El hoy septuagenario Yang Zhifa, uno de los granjeros que se topó con las primeras piezas, hace años que no trabaja: firma libros a los miles de visitantes que llegan al Museo de los Guerreros y Caballos de Terracota, a 35 kilómetros de la ciudad de Xi´an. Todavía recuerda el día en que su azada dio con lo que resultó ser la cabeza de un guerrero. A los pocos días aparecieron restos del cuerpo, aunque ni él ni sus compañeros eran conscientes de estar ante uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XX. Se llevaron los restos a casa, donde los utilizaron como recipientes, hasta que la noticia llegó a oídos de los arqueólogos. Con el tiempo se comprobó que junto a esta fosa 1, como se ha dado en llamar, había dos más repletas de esculturas: 6.000 en la primera, más de 1.500 en la segunda, varias decenas en la tercera. Se ha encontrado también una cuarta fosa vacía: la temprana muerte del emperador impidió culminar el trabajo.

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FUENTE: XLSemanal