El problema energético español

La economía española padece un grave problema energético, en contra de lo que afirma el triunfalista discurso oficial. En este campo, como en tantos otros, la propaganda funciona. El ciudadano medio tiene la idea de que España es un país pionero y líder en el uso de las energías renovables, un modelo de sostenibilidad. Habría más motivos para el orgullo que para la preocupación.



Todo esto se basa en un fondo de verdad, como todas las buenas manipulaciones. En efecto, nuestro país es el segundo país generador del mundo en energía eólica y el primero de Europa en energía solar fotovoltaica. El problema es que los altos porcentajes que se suelen citar sobre cuánto se cubre con renovables se refieren a la parte de generación eléctrica que proviene de esas fuentes.


Como es sabido, la electricidad es una fuente de energía secundaria, que se genera a partir de las diversas fuentes primarias (carbón, petróleo, gas natural, nuclear, hidráulica, eólica, solar…). Pero los porcentajes de electricidad generados mediante renovables son engañosos, pues los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), además de utilizarse en la generación de electricidad, cubren de manera directa importantes necesidades energéticas en el transporte o la calefacción. Esto puede verse claramente, con datos oficiales, en la figura 2.6, página 43, del libro La energía en España 2008, publicado por el Ministerio de Industria.


Por ello, es mucho más relevante saber qué porcentaje de nuestras necesidades totales de energía (estén basadas en la electricidad o no) se cubre a partir de las distintas fuentes primarias. Al hacerlo, con datos de 2008, el panorama cambia radicalmente. En realidad, los hidrocarburos (petróleo y gas natural) siguen cubriendo alrededor del 70% de las necesidades energéticas españolas, un 47´6 % el petróleo y un 24´3% el gas natural. Los inconvenientes de esta dependencia del petróleo son bien conocidos. Es contaminante, tanto por las emisiones a la atmósfera como por los accidentes en su transporte. Ha de importarse casi en su totalidad, es costoso, y se volverá más, pues se prevé escasez futura. La propia Agencia Internacional de la Energía ha puesto al “peak oil”, año en que la producción mundial de petróleo empezará a disminuir, una fecha tan temprana como el 2020. Plantea también problemas geoestratégicos de abastecimiento, al estar los principales yacimientos en países inestables.


El gas natural no presenta una verdadera alternativa al petróleo, pues su precio está muy vinculado al de éste. En España, la empresa Gas Natural, gracias a uno de esos logros económicos obtenidos por la presión política del nacionalismo catalán, controla el mercado. Además de las importaciones argelinas a través del gasoducto, se trae licuado por vía marítima.


La casi total dependencia exterior en el abastecimiento de hidrocarburos hace que su coste equivalga al 50% del enorme déficit comercial español. También provoca una dependencia exterior del 80% de nuestras necesidades de energía primaria (el petróleo, el gas natural y parte del carbón), frente a alrededor de un 50% como media en la Unión Europea.


No deberíamos minusvalorar la importancia de estos temas para el funcionamiento de la economía española. Los inputs energéticos son un requisito tan imprescindible para la actividad económica como los laborales, están presentes en prácticamente todos los sectores, y algunos son intensivos en su utilización. Los efectos negativos de un modelo energético defectuoso, como el español, sobre la competitividad internacional de nuestras empresas o sobre el atractivo del país como destino de las inversiones extranjeras son considerables.


El 20% de nuestras necesidades energéticas que producimos domésticamente proviene del carbón nacional (parte se importa), las energías renovables y la nuclear. El carbón (sea nacional o importado) cubre el 9´8% de las necesidades energéticas españolas. Por desgracia, el carbón asturiano es de baja calidad y costoso de extraer. Sólo es viable económicamente con el apoyo público, por lo que desde el siglo XIX se han enterrado ingentes recursos en mantenerlo. Es un error en el que todavía hoy se persiste. Su carácter altamente contaminante también lo hace poco aconsejable.



No obstante, las reservas mundiales son grandes y podría recuperar atractivo si se perfeccionasen las técnicas para corregir sus efectos sobre el medioambiente, como la captura y almacenamiento subterráneo del carbono.


Las energías renovables (hidráulica, solar, eólica…) sólo cubren hoy un 7´6% de las necesidades españolas de energía. Repito, tan sólo un 7´6%. Su coste de generación es todavía alto, necesitando de elevadas subvenciones públicas para ser viables. Algunas energías renovables tienen el inconveniente de ser irregulares, dependen de que sople el viento o salga el sol, y presentan dificultades de almacenamiento.



Por ello, necesitan energías de respaldo convencionales, no es posible depender únicamente de ellas para atender los picos de demanda. Con todo son, sin duda, el futuro. Pero, dado su insuficiente nivel de desarrollo tecnológico actual, no están en condiciones todavía de hacer frente a las necesidades de energía de las sociedades desarrolladas, al menos sin que estas cambien drásticamente su modo de vida (algo tampoco viable en el corto plazo).


Este contexto ha llevado a volver a apostar por la energía nuclear a países como Francia, Reino Unido o Finlandia. En España, desde 1983 existe una moratoria nuclear que impide construir nuevas centrales, aunque persisten siete grupos en cinco centrales ya construidas todavía en funcionamiento. Estas centrales residuales, sin embargo, cubren hoy el 10´7% de nuestras necesidades energéticas, más que las renovables.



Esta modalidad de energía presenta ventajas, como la ausencia de emisiones a la atmósfera, el ser estable, barata y poderse generar en el propio país. No se pueden ignorar los inconvenientes en forma de residuos de larga duración y riesgos (aunque mínimos, potencialmente muy dañinos) de accidente. Señalan, sin embargo, los expertos que las nuevas centrales de tercera generación son más fiables y eficientes, así como que los residuos tal vez puedan reutilizarse en el futuro.


No deja, en cualquier caso, de ser una postura hipócrita (y muy cara) importar de Francia la energía que ellos producen con sus centrales nucleares, algunas de ellas situadas a escasos kilómetros de nuestra frontera.



El debate nuclear debería reabrirse en España con criterios racionales y técnicos, en lugar de los tópicos basados en prejuicios ideológicos al uso. No queda mucho margen para hacerlo. Si la vida útil de las centrales se fija en los 40 años, como parece la postura oficial (aunque con este gobierno nunca se sabe) las autorizaciones de operación vencerían entre 2012-2027 y una central tarda entre 10-12 años en ser construida. Si no podemos prescindir todavía de esta energía y permite conceder un margen de tiempo a la transición hacia las renovables, tal vez sea mejor utilizarla racionalmente en vez de alargar la vida de unas centrales construidas hace tanto tiempo.


En el interesante libro sobre Políticas energéticas que acaba de publicar la Fundación Progreso y Democracia, además de las cuestiones anteriores, se explican algunas de las nuevas tecnologías en desarrollo como la energía del mar (olas, corrientes, mareas, eólica) o la fusión nuclear en lugar de la fisión que ahora se utiliza (con un combustible inagotable, residuos de baja intensidad y una reacción más segura, pero todavía no desarrollada).


No puedo terminar sin referirme a otro falso tópico, relacionado con el energético: el de que somos un país ecológicamente modélico. Todo lo contrario. Aunque el protocolo de Kyoto permitía a España aumentar un 15% el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero respecto al de 1990, frente a la reducción del 8% que pedía para el conjunto de la Unión Europea, en 2010 la Agencia Europea del Medio Ambiente prevé que nuestras emisiones superen en algo más del 35% los niveles permitidos. Esto nos sitúa entre los países más incumplidores y nos convierte en uno de los que se ve obligado a destinar más fondos a la compra de derechos de emisión.

FUENTE: www.cotizalia.com